2.-  Un día  inquietante…  

Jueves 1 de Marzo

Suena el “ Gong “ birmano a las 04.00 en punto de la madrugada. El “ Gong” es una pieza de metal suspendida por una cuerda sobre el cual se golpea con un martillo de madera, produciendo un sonido característico, con una extraña resonancia que se escuchaba en la distancia y permitía despertarse de forma apacible, sin sobresaltos. Estaba situado en la entrada del comedor y con su sonido  se llamaba a la Meditación y al resto de actividades del curso.

Lo cierto es que estaba despierto desde la 01.00 a.m. A esa hora, de repente como un resorte abrí los ojos y no pude volver a cerrarlos. Miraba hipnotizado el techo de madera, estaba impaciente por empezar el programa. Me sentía cansado, había dormido unas 3 horas, estaba aún algo aturdido por el síndrome de los husos horarios del avión ( Jet-lag), aunque extrañamiento despejado, con la mente bastante clara. Llevaba varias noches durmiendo unas 4 horas, las del viaje en avión, la anterior en Bangkok y esta misma, por lo que tenía sueño acumulado, pero la excitación de lo que estaba empezando a vivir me amortiguó la fatiga.

Todavía no había amanecido y todos, poco a poco íbamos saliendo de los barracones y nos dirigíamos medio encogidos por el rocío de la madrugada, hacía el templo. Una vez en su interior, tras descalzarnos a la entrada, cada uno se sentó sobre su cojín de Meditación ( zafu), el cual estaba asignado con antelación. Los hombres a la izquierda y las mujeres a la derecha. Me habían asignado la cuarta fila, el cojín situado en la parte más exterior, a escasos 2 metros a mi derecha, se encontraban las mujeres. Ningún elemento físico nos separaba, excepto el propio vacío.

Una vez sentados, con las piernas cruzadas, la espalda recta, los ojos cerrados intenté concentrarme, si bien no sabía muy bien que debía hacer, pues carecíamos de instrucciones, no sabía exactamente como ponerme a “meditar”. Fijé de forma instintiva mi atención en un punto imaginario, pero mi mente estaba demasiado agitada. Intentaba tranquilizarme respirando más despacio, intentando controlar la respiración, pero poco a poco me iba desesperando, me impacientaba pues la mente no paraba de “pensar”.

No aguanté mucho en la misma posición, unos 5 minutos. Desdoblaba las piernas cada pocos minutos, me dolía la espalda, los hombros, las nalgas, los brazos….Seguía agitado y esa sensación iba incrementándose. No paraban de mezclarse ideas inconexas, recuerdos, emociones, imágenes. Todo mezclado sin orden, con saltos del pasado al futuro y viceversa, pensamientos agolpados unos sobre otros, respiración acelerada, impaciencia….Y sin provocarlo, comencé a tomar conciencia que todos esos pensamientos “se presentaban” sin haberlos “invitado”. Se presentaban sin más, de forma involuntaria, inconsciente, y no hacían más que atormentarme pues mantenían distraída mi atención y me impedían mantenerme concentrado en un punto neutro. Mi respiración comenzó a agitarse de forma escandalosa, curiosamente cuanto más crecía mi impaciencia.

Me sentía totalmente perdido. No sabía exactamente qué hacer. De vez en cuando abría los ojos y miraba a mi alrededor: Todos aparentemente estaban inmóviles, parecían tranquilos. Me daba la impresión que yo era el único que no aguantaba el silencio, la soledad y la inmovilidad. Nadie se movía ni abría los ojos. Y comencé a asustarme y a pensar que aquello, decididamente no era para mi. Presentía que estaba comenzando lo que sería una larga agonía que parecía que se iba a eternizar durante esos 10 días. Estaba realmente aterrorizado.

A las 06.00, tras una hora y media de sufrimiento, apareció en la penumbra y en completo silencio una mujer menuda. Se sentó frente a nosotros, en un lugar más elevado, sobre su Zafu. Desde ese lugar dirigiría la Meditación. Puso una cinta de casete en el equipo de música y pudimos escuchar la voz en off de un hombre, el cual emitía unos cánticos en sánscrito supongo, o tal vez en pali o tailandés, todo ello sin ningún tipo de acompañamiento instrumental.

El sonido de la voz era tranquilizador. Me sentí algo mejor, menos turbado, tal vez porque esa voz me permitía romper esa terrible concentración de trataba de mantener, fue como una pequeña distracción que me alivió. Me preguntaba cual sería la siguiente “sorpresa”.

La mujer  era una “ Teacher”, es decir, una orientadora, la maestra de Meditación. Con su presencia daba un sentido a las Meditaciones Grupales, allí sentada con su sola presencia nos mandaba por así decirlo un estímulo, una ayuda, fuerza, energía, amor para evitar que fracasáramos en nuestro empeño.

La voz en off del hombre, la de los cánticos, era de S.N. Goenka, un maestro de la Meditación Vipássana. Se considera la persona que perpetúa una técnica ancestral transmitida de maestro a aprendiz durante generaciones. Es el máximo representante de esta técnica en el mundo.

A las 06.30 finalizaron los cánticos, que a decir verdad, eran bastante monótonos. Finalizó la primera sesión de 2 horas de Meditación, y la siguiente llamada del Gong era para el desayuno, servido en el comedor por personal voluntario tailandés del centro. Fruta, tostadas, tallarines, sopas, salsas raras, verduras y arroz, mucho arroz. Menú vegetariano por supuesto.

Toda la actividad se desarrollaba en completo Silencio. De momento es lo que más me estaba impresionando, el Silencio. Todos nos servíamos, nos cruzábamos, coincidíamos en el barracón, en los lavabos, en el jardín, pero jamás cruzábamos palabra alguna. Incluso evitábamos el contacto visual. Al principio resultó muy extraño, pero con el paso de los días se convirtió en algo completamente normal y yo diría que incluso agradable. Lo que sí fue realmente extraño fue el décimo día cuando rompimos el voto de Silencio y comenzamos a hablar entre nosotros. Pero para eso aún faltaba mucho.

A las 08.00 volvimos al templo. Tocaba sesión de Meditación Grupal. Nos acoplamos cada uno sobre nuestro Zafu, y la maestra volvió a poner la misma cinta de casete en el equipo de música. Ya no se escuchaban los cánticos monótonos, sino un discurso de Goenka. Hablaba en un inglés muy correcto y comprensible para mí, utilizando conceptos muy claro, comenzando  a impartir las primeras directrices para llevar a cabo una buena técnica de Meditación.

La maestra-guía jamás hablaba, si bien su función además de dirigir la Meditación era la de aclarar las dudas relacionadas con la técnica de la Meditación en los momentos dedicados a las entrevistas personales.

Primeras directrices de la técnica de Meditación Vipássana:

Con los ojos cerrados intentar mantener la atención, la conciencia, sólo y exclusivamente en el ritmo de nuestra respiración, sin intentar alterarla. Procurar no ralentizarla ni acelerarla, sino más bien observar cuando por sí sola cambiaba su ritmo sin proponérnoslo. Dejarse fluir pero mantener la atención el máximo tiempo posible en el proceso respiratorio. De esta forma, un proceso que es involuntario, como respirar, sigue siéndolo evidentemente pero con nuestra conciencia puesta en ello.

Este proceso de concentración en la respiración es la primera fase de la Meditación Vipássana. Se denomina “Anapana” y duraría exactamente 3 día y medio. El objetivo para las  próximas 35 horas era observar nuestra respiración. Solamente eso.!!!!

Con la práctica te percatas que esto que parece fácil, es tremendamente complicado,  pues la mente (la conciencia) se mantiene concentrada aproximadamente durante las primeras 5 respiraciones. Enseguida comienza a divagar, se llena de pensamientos, monólogos interiores sin fin, nostalgias, recuerdos, imágenes, preocupaciones, miedos etc. Es tremendamente difícil mantener la atención.

Y esto era precisamente la base de la técnica de Meditación: Entrenar nuestra conciencia a mantenerla cada vez más firme, atenta. Esto duraría un tercio completo del curso.

A este ejercicio mental de concentración sumamos el estar sentados sobre el cojín de Meditación ( zafu), con las piernas cruzadas, la espalda totalmente recta sin apoyo alguno, y los ojos cerrados, los minutos se hacían interminables, con lo cual culminar una sola hora se hacía eterno. Se convertía en algo similar a una “tortura” mental y física. Y resonaban en mi mente continuamente las palabras del francés: “…Aquí vamos a sufrir…”. Me costaba un trabajo enorme apartar esas simples palabras de mi cabeza, venían una y otra vez como un disco rallado.

Me propuse comenzar a tomar conciencia de mi respiración. Hubo momentos en que estuve un tiempo indefinido divagando, perdido en mis pensamientos. No conseguía permanecer atento a la respiración más que unos pocos segundos. Me distraía continuamente en divagaciones, ensoñaciones y pensamiento inconexos que se presentaban en mi mente, sin orden ni concierto.

La mente se rebela. No quiere permanecer quieta, estática, controlada. Nunca.

A pesar del esfuerzo, tan sólo consigo permanecer atento algunos segundos, algunas respiraciones. En seguida se escapa y vuelve a divagar. En cuanto me daba cuenta que me había despistado, volvía a concentrarme en la respiración y todo el proceso volvía a repetirse. Tras unos segundos, volvía a evadirse y volvía a recomenzar, y de nuevo mi atención focalizaba mi respiración. La lucha era continua. El enfrentamiento mente-conciencia, conciencia-mente. Y la mente “alocada” siempre ganaba de forma abrumadora.

Comenzaba a percibir con la práctica como la mente ejerce un poder tiránico sobre nosotros. Vislumbraba cómo iba alimentándose de mis experiencias pasadas y que  condicionaba mi forma de percibir el mundo. La mente es en definitiva la que define nuestros hábitos mentales, nuestra forma de percibir la “realidad”, como entendemos la vida y como reaccionamos ante ella.

Tras 3 interminables horas de intento de Meditación, sonó el Gong. Era la esperada hora del almuerzo que marcaba una pausa en los ejercicios, que ya desde el comienzo se me antojaban extremadamente duros.

Comida Tai. Mucho arroz, muchísimo, con salsas picantes, vegetales picantes, pan picante…Todo me sabía demasiado condimentado. Comí más de lo necesario pues no había cenado la noche anterior, tan sólo tomé un par de galletas y un poco de zumo de frutas. El almuerzo era la única comida consistente del día, todos llenábamos los platos y nos atiborrábamos de comida. Y esta falta de moderación la pagaría muy cara en las horas de Meditación de la tarde. Justo durante la digestión me invadía un gran sopor, que sumado al calor extremo de este maravilloso lugar, hacía muy penosa la concentración.

No nos estaba permitido dormir después de la comida, nada de siesta, por lo que la lucha por permanecer despierto fue terrible. Aparecía un sueño pesado, una fatiga incalificable y una pereza abrumadora. Me ponía a caminar por el jardín para no quedarme dormido. Me cubría la cabeza con un paño mojado, para refrescarme, pero la sensación de sopor  era agotadora. Qué difícil me resultaba todo. Ninguna distracción, concentración máxima….Para un occidental ignorante como yo, era una tortura.

De 13.00 a 17.00, cuatro horas más de Meditación. Si las de la mañana me parecieron difíciles, las de la tarde fueron realmente extenuantes. Todo era muy estricto. La maestra-guía volvía a la sala y ponía de nuevo en el equipo de música, las mismas instrucciones repetidas una y otra vez. El mismo tono, las mismas pausas, el mismo orden en los idiomas, primero en inglés, luego en tailandés.

Las instrucciones se repetían para que de esta forma se asentara profundamente la técnica desde el principio, para posteriormente acceder a la segunda parte de la Meditación, la más importante, el Vipássana. Pero para llegar a esa parte, nos quedaban aún 30 horas,!!! todavía de dura concentración sobre la respiración, 3 días más haciendo lo mismo.

Jamás pensé que una acción tan sencilla fuera tan difícil de llevar a cabo. Nunca había prestado especialmente atención a mi respiración, de hecho, casi nunca lo hacemos. Una función tan banal, tan cercana, tan cotidiana y tan vital. Este simple acto, esta toma de conciencia en la respiración que se prolongaría durante 35 horas reales e interminables de ejercicios, se  asentaron en mí de forma profunda, una sensación difícil de transmitir con palabras. Una sutil comprensión que hizo estremecerme al percibir lo cerca que ha estado siempre lo esencial y lo ciego que estaba. El hecho de comprender una acción tan simple de una forma tan profunda ya me estaba produciendo los primeros beneficios. Parece que estaba empezando a tomar conciencia real de una acción.

Cambiaba la posición de las piernas cada 10 minutos. Aparecían fuertes dolores en las rodillas que me forzaban a moverme. Mantener la inmovilidad se me antojaba imposible de momento. Estaba en una constante lucha por mantener mi conciencia en la respiración, la lucha contra el sueño que me invadía, la fatiga, el calor, la pereza y algún que otro mosquito…

La mente sigue implacablemente rebelándose y envía al cuerpo todo tipo de señales como picores, malestar, calambres, contracciones, y emociones como desasosiego, agitación mental, miedos, hastío, cansancio, pereza y un sinfín  de síntomas que hervían como en una olla a presión en mi cabeza.

De nuevo el Gong sonando a las 17.00, la hora de la merienda. Fue un alivio en toda regla, más que por el hambre, por el cansancio acumulado. Ese ejercicio de mantener la conciencia focalizada en la respiración me estaba dejando agotado física y mentalmente. No conseguí mantener el control. Mi mente estaba continuamente divagando de un lado para otro, aunque estaba comenzando a interiorizar mi primer gran descubrimiento leído infinidad de ocasiones en innumerables libros: “…El Buda a proclamado que todos los peligros y los miedos, así como el inconmensurable sufrimiento, sólo nacen en la Mente….”.

Tras muchos años ya dando muchas vueltas en mi cabeza sobre el origen del dolor, he interiorizado el significado de esta afirmación. Lo he comprendido a través de mi experiencia consciente. He interiorizado a través de la práctica que el peor de nuestros enemigos, es nuestra propia mente.

A las 18.00 vuelta al templo para la tercera sesión del día de Meditación Grupal. Más de lo mismo. Imposible mantener la conciencia en la respiración más que unos segundo. La mente de nuevo continúa a desplazarse del pasado al futuro. No permanece en el presente más que unos segundos. Apenas logro dominarla.

A las 19.00 nos desplazamos a un barracón que era el antiguo templo, donde más relajados, sentados y distendidos escuchamos la voz en off de Goenka. Esta sesión la dirige uno de los voluntarios del centro, siempre respetando el voto de Silencio. Escuchamos una charla en la que se nos explica la base de la técnica de Meditación Vipássana, sus beneficios, algunas nociones acerca del Dhamma ( filosofía budista) y sobre todo, nos iba relatando paso a paso cómo probablemente nos habíamos sentido el primer día. El tal Goenka se me antojó un adivino, pues acertó prácticamente en todas las sensaciones vividas, la lucha, el cansancio, la impaciencia, la desesperación que habíamos sentido. Hacía el final del discurso, nos animaba para que siguiéramos con determinación en el curso, pues aún faltaba mucho, y añadía que poco a poco descubriríamos las raíces de nuestras desdichas, de nuestro sufrimiento. No decía absolutamente nada acerca del día siguiente. Todos los días a la misma hora y en el mismo lugar, asistíamos a una charla diferente.

De esta forma, tras experimentar este día agotador, fui adquiriendo más conciencia de mis sensaciones. Interioricé que la evolución personal es propia, y en cada ser humano es diferente. No existen dos sufrimientos idénticos. Y el proceso de “limpieza, de purificación” mental es algo personalizado. Nos pueden indicar el sendero, el camino, “ The Path” como dicen aquí, pero debemos dar los pasos por nosotros mismo. Nadie puede hacerlo por  nosotros, es un camino solitario, lleno de obstáculos, dudas y miedos. La enseñanza consiste en  recorrerlo por sí mismo.

Conseguí comprender algo determinante: Que a través de la técnica de seguimiento de mi respiración y la toma de conciencia, iba a poner en conexión mi parte consciente con la inconsciente. La Meditación ejercía la función de puente, de canal de comunicación entre estas dos partes “antagónicas”. Y a través de este puente, podía ya sentir de forma clara, como se manifestaba mi inconsciente. No fue fácil comprender esta toma de conciencia que  ahora expongo. Tenía que estar atento de forma continua a las sensaciones que se manifestaban sobre mi cuerpo.

Me sentía asustado  por comenzar a comprender los aspectos que me producían tanta desdicha, todo ese cúmulo de emociones y reacciones que originan el sufrimiento y la frustración. El comienzo de esta comprensión me hizo sentirme un afortunado por estar viviendo esta experiencia. Estaba impaciente como todos supongo, por aprender y por  comprender. Y eso precisamente era otro aspecto y no menor, que me producía mucho sufrimiento en esos momentos: la impaciencia.

Tras la charla, volvimos todos al templo principal donde estuvimos meditando los últimos 30 minutos del día. Seguidamente volvimos a nuestros barracones y sin apenas asearnos debido al tremendo agotamiento físico, mental y emocional, nos introdujimos cada uno en nuestra habitación-celda.

Me tumbé en el camastro y me encontraba extraño, por definirlo de alguna manera. Me sentía en otra dimensión, en otro plano de conciencia. Estaba agotado, sin más, pero muy consciente.

Llevaba 4 noches ya sin dormir bien. Aún me encontraba adaptándome al cambio horario, al país, al clima extremo de calor y humedad ( 35 grados y 80% de humedad), a la comida, a la situación. Estaba  en medio de una selva, en un templo budista, rodeado de una comunidad de 100 personas con quién no intercambia el más mínimo sonido. A 15.000 kilómetros de casa. Una situación extraña cuanto menos. Incluso a veces me pareció inquietante.

Sentía una soledad absoluta, tumbado en el camastro, mirando al techo, escuchando todo tipo de insectos por el tejado de uralita y las ranas croando en el arroyo cercano. Sentía como si se me hubieran afinado los sentidos. Diez horas sentado sin moverte pasan factura a un occidental. Mentalmente confuso, emocionalmente quebrado, físicamente hundido. La verdad es que estaba como “flipando”. Intuía que mantener ese ritmo durante 9 días más iba a ser “durillo”, así que me dispuse a dormirme, pero para mi desesperación no lo lograba. No conseguí cerrar los ojos y desconectarme del entorno. Todo lo contrario, me sentía más conectado que nunca, más despejado, completamente desvelado.

Al final, el sueño me venció y pude quedarme ligeramente dormido. Serían las 22.00 aproximadamente. A las 01.30 me desperté. No podía dormir más. Me quedé inmóvil en mi camastro, mirando al techo durante dos horas y media, hasta que sonó el Gong a las 04.00. Me sentía paradójicamente totalmente descansado, con la mente ligera, clara, pero presentía que aquello era “anormal”. La falta de sueño, tarde o temprano acabaría por pasarme factura. Me encontraba impaciente, excitado, desafiante. Quería que comenzara el día para afrontar las siguientes horas sentado, inmóvil en Meditación.

Me sentía realmente extraño. A dos velocidades, como fraccionado,  mi cuerpo por un lado y mi mente por otro.

Y mi alma totalmente perdida. O tal vez ¿ totalmente encontrada…..?